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martes, 9 de julio de 2013

La Mujer Musulmana y... la Importancia del #Hiyab - #Ramadan2013




*Cuando uno se casa con una mujer sólo por su belleza, Allah hace que su belleza sea la destrucción para él.
*Cuando uno se casa con una mujer por su riqueza, Allah hace que su riqueza sea la destrucción para él.
*Cuando uno se casa con una mujer por su posición social, Allah hace que su posición social sea la destrucción para él.
*Cuando uno se casa con una mujer por su religión, entonces Allah hace que las tres queden abarcadas: su belleza, su riqueza y su posición social.

Por Mahdi Mehrizi

Es necesario que una mujer que adhiere a los principios del Islam siga el código de vestimenta denominado “hiyab”. Sus otras denominaciones son velo, pardah (cubierta, barrera) o sólo cubierta. 
Es un acto de fe y establece una vida musulmana de honor, respeto y dignidad. El hiyab es visto como una liberación para la mujer, ya que la cubierta le da un aura de respeto y la mujer es reconocida como individuo admirado por su inteligencia y personalidad. No son juzgadas por su belleza o la carencia de ella y no son tratadas como objetos sexuales. El hiyab actúa como una “barrera” entre una mujer y el sexo opuesto, aunque mantiene su feminidad, no exhibe ni expone su sexualidad.

Cuando una mujer sigue al verdadero Islam, es libre de ser quien desea desde su interior y se expresa en su ambiente, a la vez que queda garantizado ser inmune a ser vista como un símbolo sexual y ser deseada. El Islam exalta el estatus de una mujer ordenando que goce de los mismos derechos que los hombres en todo. Ella se posiciona de igual a igual con el hombre y ambos comparten los mismos derechos y obligaciones mutuos en todos los aspectos de la vida.
- El Islam cree que una mujer ha de ser juzgada por su carácter y sus acciones antes que por su apariencia o sus características físicas.
El Santo Corán nos enseña que lo único que hace mejor a una persona que otra es su carácter. En el mundo occidental, el hiyab ha simbolizado silencio forzado o militancia desmesurada. En realidad ¡no es ninguno de ambos! Es simplemente la afirmación de una mujer que el juicio sobre su apariencia física no tiene papel alguno en su interacción social. Cuando se cubre, se coloca a un nivel superior ya que su hiyab simboliza una religión y como resultado, los hombres andarán con pies de plomo al tratarla y la mirarán con respeto. Será notada por su intelecto, fe y personalidad, en lugar de serlo por su físico y sexualidad.
- Una musulmana puede usar lo que le plazca en presencia de su esposo y familiares –padres, tíos, abuelos, hermanos, sobrinos, suegra e hijos- y entre otras mujeres. Pero cuando sale o se halle frente a hombres extraños (distintos de los antes mencionados), debe practicar el hiyab cubriéndose el cabello y todas las partes del cuerpo y no revelar su figura.
No podemos dejar de comentar acerca de este tema  los efectos de las tendencias occidentales sobre las jóvenes musulmanas. Las jóvenes que viven en Occidente están siendo influenciadas de manera alarmante por su contexto, la presión de los pares e irónicamente por algunos ulemas que pretenden ser chiitas pero distorsionan sus verdaderas enseñanzas confirmando que tales atuendos cumplen con el código de vestimenta islámica.
- Por favor, nótese que los vaqueros, pantalones y otras reveladoras indumentarias ajustadas no constituyen el hiyab islámico, y que tampoco Nike o Tommy Hilfiger son hiyabs de tendencia, como tampoco indumentaria apretada y de colores brillantes y atractivos.
De hecho, son una mala excusa y un a tergiversación del hiyab. La idea de un código de vestimenta islámica es abstenerse de exhibir algo que sea embellecedor –usar maquillaje y vestirse inapropiadamente desafía el objetivo del hiyab. No se puede cambiar, modificar o mejorar el hiyab islámico a menos que sea por uno mejor y más estricto. El Islam tiene una guía clara para el requerimiento mínimo del hiyab de una mujer:
- Sólo se puede mostrar la cara, las manos hasta la muñeca y las plantas. Si una mujer tiene un rostro hermoso de modo seductor, no puede mostrarlo a hombres extraños. ¡Es así! Podéis estar de acuerdo y hacer todo lo mejor por seguirlo o estar en desacuerdo y quedarse a la zaga en este mundo y mucho más en el próximo – como la palabra “Islam” claramente establece “sumisión” a vuestro Creador y todas las reglas del Islam.

¡La práctica de un código de vestimenta islámica es un gran contraste comparada con la moda occidental que cada año evoluciona hacia la producción intencional de atuendos cada vez más seductores y reveladores que cada vez exponen más una nueva parte del cuerpo a la mirada pública! La intención de cada vestido occidental es exponer la figura y exhibir a su propietaria mientras que la intención de la vestimenta musulmana es dignificar a su propietaria y ocultar y cubrir su cuerpo, al menos del público. Una mujer en el Islam está considerada tan valiosa y preciosa como una joya y por lo tanto debe ser mantenida como tal- a salvo. Una mujer musulmana no siente la presión de ser hermosa o atractiva. No tiene que vivir a la altura de las expectativas de lo que es deseable y lo que no. No se preocupa de la belleza superficial para el público. 
Su principal meta es su belleza interior – no tiene que usar sus encantos y antecedentes vitales para progresar u obtener reconocimiento en la sociedad.


Otro beneficio del hiyab es la protección
- Los musulmanes creen que cuando una mujer exhibe su belleza, se degrada porque se vuelve un objeto de deseo sexual y por ende, vulnerable a los hombres que la mirarían como una “gratificación para sus deseos sexuales.” El hiyab la hace ver como a una dama que pertenece a la casta de mujeres modestas y mientras ella se conduzca de manera acorde, los hombres trasgresores y sensuales la reconocerán como tal y no se atreverán a molestarla con jugarretas.

Cuando un hombre recibe señales confusas acerca de la manera en que una mujer revela su cuerpo, puede ser confundido a creer que ella desea sus avances. El hiyab resuelve el problema del acoso sexual y los avances sexuales indeseados, que son sumamente degradantes para las mujeres. De acuerdo al Corán, los mismos elevados estándares de conducta moral son exigidos tanto para los hombres como para las mujeres. El islam también manda el comportamiento adecuado y el código de vestimenta para los hombres. Ellos también deben vestirse modestamente y si mandamiento especial es bajar sus ojos y no mirar descaradamente a las mujeres.

Discapacidad y sobreproteccion



A menudo, el instinto paterno busca proteger y 'blindar' a los hijos respecto a los aspectos más negativos de la infancia. Cuando estos comportamientos se combinan con la crianza de un niño con discapacidad, la necesidad de proteger suele ser aún mayor, lo que puede acarrear consecuencias más negativas de lo que cabría esperar. 

Este tipo de burbujas o campanas de cristal impiden a los niños conocerse a sí mismos, descubrir sus potencialidades, aprender de sus errores y adquirir autovalía, lo cual impactará drásticamente en el desarrollo de su vida adulta


El resguardo y la protección hacia un bebé o un niño pequeño es un acto intuitivo con el que los padres acompañan los períodos de mayor vulnerabilidad durante las tempranas etapas de desarrollo. Pero a medida que los hijos crecen y comienzan a manifestar sus propias capacidades y potencialidades, los padres emprenden el proceso inverso: promover la autonomía y brindar todas las herramientas necesarias para que adquieran confianza en sí mismos y sepan valerse de manera independiente.

No obstante existen ocasiones en donde, ya sea por razones emocionales y psicológicas o por algún suceso traumático experimentado, los padres se estancan en este período y comienzan a transformar la protección en sobreprotección, privando a sus hijos de aquellas experiencias fundamentales para su correcto desarrollo e incluso resolviendo por ellos tareas que ya son capaces de hacer por sí mismos.
Esta presencia constante, intromisiva y acechadora de los padres termina desencadenando un retraso en la maduración del niño, aplazando un importante aprendizaje y favoreciendo la pérdida de la curiosidad y la motivación necesarias para explorar el mundo, ya que la familia estará siempre adelantándose a sus deseos y necesidades. Como consecuencia, esta falta de autonomía puede desatar toda una serie de trastornos de la conducta y del desarrollo físico y emocional, cuyas consecuencias se reflejarán en lo inmediato y repercutirán hasta la vida adulta.
En el caso de los padres de niños con discapacidad, el riesgo de desarrollar actitudes sobreprotectoras aumenta considerablemente. La preocupación por la salud, el miedo a la discriminación y el abuso, el temor a ser considerados malos padres, la culpa por la discapacidad de su hijo y un sinfín de “alarmas” pueden llevarlos a generar cuidados excesivos que únicamente favorecerán la crianza de niños miedosos, inseguros y desconfiados.

Un estudio del “Texas Tech University Health Sciences Center”, asegura que tanto la falta de expectativas paternas como la sobreprotección hacia un niño con discapacidad pueden causar la baja de su autoestima y la imposibilidad de alcanzar su máximo potencial. “Ambas son formas de discriminación. La internalización de esta discriminación hace que la persona con discapacidad llegue a creer que es menos capaz que una persona sin discapacidad. Los padres y proveedores de cuidado de niños con discapacidades pueden sobreproteger al niño pensando que lo hacen para cuidarlos de un daño, pero en realidad esto puede causar más perjuicios aún. Las adecuadas habilidades de crianza son necesarias para ayudar a los niños y adolescentes a desarrollar un concepto positivo de sí mismos y una autoestima alta”.
Estas maneras equivocadas de demostrar amor y cuidado les quitan a los niños oportunidades para un crecimiento saludable y para estar preparados al momento de  lidiar y superar los desafíos de la vida. De allí la importancia de no subestimar esta problemática y comprender mejor los mecanismos detrás de la sobreprotección paterna.

Padres helicóptero
El término “padres helicóptero” fue desarrollado a finales de la década de los 80 en los Estados Unidos, al intentar definir a los progenitores que constantemente están “sobrevolando” y controlando los movimientos de sus hijos aún durante su adolescencia y en la etapa adulta. 
Los padres helicóptero manifiestan una fuerte tendencia a revolotear alrededor de sus hijos, anticipándose a cualquier desafío, dificultad o decepción.
Considerada como un exceso de la crianza, esta práctica cada vez más común se basa en una obsesión por la seguridad, el bienestar y el éxito del niño. Y aunque muchas veces se la quiere confundir con métodos co-mo la “crianza con apego”, para los especialistas detrás de estas conductas se esconde un miedo irracional sostenido por las propias carencias e inseguridades.
Quienes vienen investigando sobre estos verdaderos “trastornos parentales”, consideran que el “helicoptering” es el resultado natural de nuestra sociedad cada vez más competitiva, donde las familias en su afán de proteger a los niños de cualquier experiencia de fracaso los atiborran de presiones, ansiedades y cuidados enfermizos. 
Dentro de las principales causas de sobreprotección, los especialistas afirman que muchos padres apuntalan su propia autoestima baja o dañada sobre la imagen de ser un “super padre” o una “super madre”, compensando además las limitaciones sufridas durante su propia niñez.
Por otra parte la inestabilidad familiar y las separaciones pueden provocar que los padres busquen con gestos sobreprotectores apaciguar sus frustraciones ante la ausencia de un progenitor (ya sea por separación, muerte o exigencias laborales) o simplemente para evitar quedar como un tirano o un mal padre ante las rabietas y los caprichos. Esta inseguridad personal puede llevarlos a consentir a los niños para buscar su aceptación y la aprobación de sus propias acciones. 
Otros aspectos señalados se relacionan con la necesidad de algunos padres  de mantener a su niño por siempre pequeño. Este aspecto puede afectar especialmente a los padres de niños con discapacidad, quienes suelen experimentar un mayor temor frente a los desafíos del futuro.  
Cuando los niños son pequeños, los padres helicóptero son alimentados por una obsesión intensa relacionada con la seguridad física y emocional de los hijos, y esto no sólo queda en la esfera del hogar, sino que además se entrometen con las amistades, los espacios de juego y la escuela. Y en la medida en que los niños crecen, esta obsesión por la seguridad puede desplazarse hacia las exigencias académicas y el sobre-estímulo. 
A esto hay que sumar la utilización de las nuevas tecnologías de control, como los teléfonos celulares y las computadoras. Mientras que las anteriores generaciones de niños se pasaban el día andando en bicicleta y jugando al aire libre fuera del alcance de sus padres, las familias actuales se sirven de estas tecnologías, a menudo llamadas “el cordón umbilical electrónico”, junto con el correo electrónico, la mensajería instantánea y las redes sociales,  para monitorear y controlar constantemente a sus hijos.
A esta descripción general es necesario sumar ciertos riesgos propios de la crianza de un niño con discapacidad, donde es muy común que los padres demuestren una exagerada preocupación por el bienestar de sus hijos, no sólo previniendo cualquier posibilidad de dolor o frustración, sino negándose a corregir el comportamiento de éstos para no correr el riesgo de “traumatizarlos” o crear expectativas que los niños no están en condiciones de cumplir.
El “blindaje” de un niño con discapacidad de las experiencias de vida es un tema delicado y por desgracia ignorado muy a menudo. Si bien detrás de esta sobreprotección, mayormente podemos encontrarnos con padres bien intencionados, que sólo quieren lo mejor para sus hijos, sin embargo el alto costo de estos cuidados excesivos son pagados por el niño como pérdida de la confianza en sí mismo y serias dificultades para ser lo más independientes posible en su futuro. 
No son pocos los investigadores que aseguran que la sobreprotección es en sí misma una conducta que puede resultar discapacitante. Las formas en que puede afectar a los niños son muy variadas y de largo alcance, pero además es la propia salud física y emocional de los padres la que también puede resentirse.
Consecuencias de la sobreprotección

Uno de los aspectos que más preocupa a los especialistas en comportamiento infantil son los altos niveles de ansiedad que se presentan en niños cada vez más pequeños. Según investigaciones, las altas tasas estarían en relación directa con la falta de confianza en sus propios instintos. 
Cuando a los niños no se les brinda el espacio para luchar y abrirse camino por su cuenta, no aprenden a tener confianza en sus propias capacidades y decisiones. Por otra parte, si son sus padres quienes siempre están resolviendo sus conflictos y apuros nunca van a experimentar el fracaso, desarrollando un miedo abrumador ante la posibilidad de fallar o decepcionarse. Y tanto la baja autoestima como el miedo al fracaso pueden conducir a trastornos de ansiedad.
En los Estados Unidos y Europa, los terapeutas que trabajan con niños y adolescentes han registrado mayores niveles de ansiedad y depresión en los jóvenes en los últimos años y lo relacionan con el estricto control parental y la falta de independencia.
En un reciente estudio de la Universidad de Tennessee, algunos profesores encontraron que los niños cuyos padres tenían hábitos de merodeo constante y sobreprotección, eran propensos a ser medicados para la ansiedad y los estados depresivos.
Las consecuencias de la sobreprotección paterna todavía hoy se siguen discutiendo y existen diversas posturas al respecto. Entre los efectos negativos suelen señalarse la incapacidad en el niño para aprender conocimientos importantes que se necesitan para la vida diaria, el desarrollo de sentimientos de ira y frustración, miedos y fobias, represión emocional y depresión, problemas de conducta en la escuela, el no saber cómo conectar socialmente con los demás, necesidad constante de aprobación, mayor exposición al bullying, problemas académicos y ansiedad social. 
También suele hacerse notar el riesgo de padecer problemas en la internalización, que es el proceso de adoptar para sí, ya sea inconsciente o conscientemente mediante el aprendizaje individual y de la vida social, las actitudes, creencias, valores y normas de otra persona o de la sociedad.
Estos bloqueos y trastornos sociales pueden tener un impacto a cercano, mediano y largo plazo, llegando a desencadenar serios problemas en la vida adulta. Parte de estas dificultades se expresan a través del denominado “síndrome de Peter Pan”, una condición que si bien no se considera actualmente como una psicopatología afecta cada vez a un mayor número de personas cuyas conductas emocionalmente inmaduras los vuelven incapaces de crecer y asumir las responsabilidades de la vida adulta.
Como se mencionó anteriormente en cuanto a los niños con discapacidad, las consecuencias de la sobreprotección no sólo pueden atentar contra su plena inclusión sino que además pueden resultar contraproducentes para su salud física y emocional. 
Ante algunas dolencias y condiciones, los padres pueden experimentar una necesidad de aislarlos e intervenir en todas sus rutinas, incluidas la escuela y la socialización con compañeros. En un esfuerzo por proteger a sus hijos de sentirse diferentes o excluidos en un ambiente escolar tradicional, muchos padres buscan escuelas especiales o actividades diseñadas especialmente para niños con discapacidades aún cuando ellos pueden participar perfectamente de una experiencia inclusiva.
El temor de los padres a que sus hijos tengan que lidiar con el sentimiento de sentirse diferentes o que sean lastimados con preguntas y o miradas curiosas e inoportunas, hace que los obliguen a evitar ese tener que lidiar con sentirse extraños o interpelados o con la frustración de tratar de encajar en un determinado ámbito social y no tener éxito. En estos casos la típica reflexión de los padres es “no quiero que mi hijo se desanime y tenga experiencias que hagan su vida más difícil de lo que ya es”.
Pero sucede que los niños tienen precisamente que aprender a establecer relaciones con todo tipo de gente y desenvolverse en interacciones sociales que les permitan aprender cómo manejarse. Es importante que tengan la oportunidad de aprender a calibrar las respuestas apropiadas, tanto para las experiencias positivas como para las negativas. Y es el fortalecimiento de la autoestima como en la promoción de habilidades resilientes donde los padres deben volcar su acompañamiento y cuidado.

Desactivando las alarmas
Es imperativo que los padres acuerden dentro del proyecto familiar los niveles adecuados y saludables de su participación en el acompañamiento del desarrollo de sus hijos. Y se recomienda que si no pueden ir más allá de sus miedos, entonces busquen ayuda profesional. 
Existen profesionales especializados en dinámicas familiares que a través de terapias y abordajes de apoyo pueden colaborar para crear un clima de mayor confianza, sin miedos, que les permita a los padres relajarse y recordar las libertades que disfrutaron cuando niños, reconociendo lo importantes que fueron para ellos. 
Aunque sea difícil para cualquier padre, es inevitable pasar por instancias donde deben permitir que sus hijos tomen algunos riesgos y aprendan de sus experiencias, incluso dejarlos equivocarse. 
Existe un dicho popular que reza que los “golpes” que les son privados a un niño durante su infancia los experimentará de adulto. Los niños necesitan experimentar los riesgos manejables según la edad. Claro que los riesgos deben ser considerados de acuerdo a la edad y las capacidades de cada niño, allí es donde los padres tienen que tomar la decisión de los límites a poner en función de factores que impactan en la salud mental y física, el bienestar y la seguridad. Del mismo modo y ante la necesidad de trazar límites, es necesario que se examinen los motivos para decir no a los riesgos normales de la infancia. 
Junto con las recomendaciones adecuadas para cada edad, los especialistas aconsejan que los padres promuevan una serie de pautas y responsabilidades que promuevan la gradual independencia de los hijos y la capacidad para autovalerse cuando sea necesario:
- Saber poner normas claras y hacer que los niños las cumplan.
- Que los niños sean responsables de sus errores y colaboren en el proceso de enmendarlos o superarlos. Enseñarles que las equivocaciones no son situaciones para quedar atrapado en la culpa, sino para aprender a conocerse, conocer a los demás y superarse.
- Dejarlos solucionar sus conflictos, que desarrollen las habilidades necesarias para lidiar en los desencuentros con otros niños.
- Que vayan asumiendo responsabilidades personales y familiares de acuerdo a su edad, como por ejemplo colaborar en las tareas de la casa o ayudando en las mismas a sus padres y hermanos.
- Que aprendan a programar sus actividades.
- Prepararlos con suficiente antelación para los nuevos desafíos. Si es necesario, contar con un profesional que brinde su asistencia.
- Que incorporen las normas necesarias para su cuidado personal, frente a desconocidos y que sepan identificar posibles abusos y cómo manejarse ante esa amenaza. 
En tanto a los padres, se aconseja que puedan correr el foco de las discapacidades y que puedan identificar las habilidades de niños y además exponérselas a ellos mismos mostrándoles todo lo que son capaces de hacer. 
Siempre es recomendable la participación en grupos de autoayuda o participar dentro de movimientos asociativos con padres de niños que compartan la condición, no sólo para buscar contención ante las frustraciones y las problemáticas, sino para intercambiar experiencias positivas y desarrollar estrategias efectivas. 
A simple vista parece un tema menor, pero en relación al desarrollo de un niño con discapacidad se ponen en juego la calidad de su vida y las habilidades con que pueda forjar su propio destino en el futuro.
La sobreprotección anula, descalifica y discapacita. Cuanto más se les enseñe a los hijos a realizar su tránsito personal por el mundo, más oportunidades se abrirán para ellos.

Luis Eduardo Martínez

lunes, 8 de julio de 2013

La mujer en el Islam

El Islam

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La religión es una de las principales causas a las que se atribuye la discriminación de la mujer en las sociedades musulmanas. Sin embargo, cabe contemplar la posibilidad de que no sea la religión en sí la causa de esta discriminación, sino la mala interpretación del Corán lo que lleva a ella. 
Podemos considerar que la situación que sufren actualmente las mujeres, en ciertos países musulmanes, no ha sido directamente dictada por el Corán. 

En muchos casos se trata de costumbres anteriores a la implantación del Islam y, sobre todo, a la errónea interpretación por parte de los ulemas (expertos en leyes) de algunos versículos del Corán, desviaciones que se extendieron con posterioridad a otros países. 
Estas interpretaciones se realizaron en el marco de una sociedad en la que los hombres eran los principales sustentadores económicos de las familias, de manera que se extendieron y no han sido revisadas. De hecho, la abogada iraní y premio Nobel de la Paz 2003, Shirin Ebadi, afirmó durante su participación en el Forum de Barcelona 2004 que el Islam, la religión musulmana, no dice que la mujer deba estar sometida al hombre: son los gobernantes de Irán los que hacen una mala e interesada interpretación de lo que establece la religión islámica.
En muchos países, la reinterpretación del Corán ha tenido como resultado la eliminación de leyes claramente discriminatorias para las mujeres. 
Por ejemplo, en Túnez una reinterpretación del Corán ha dado como resultado la abolición de la poligamia. De la misma manera, en ese país se ha establecido leyes que permiten a la mujer su incorporación a la vida pública.
Sin embargo, también podemos encontrar el caso completamente contrario. En Argelia, el desconocimiento por parte de la población, ha permitido a los islamistas fundamentalistas el establecimiento de una sociedad en el que las mujeres son consideradas seres inferiores en su entorno familiar y mantenidas al margen de todo contacto con el exterior. 
Una situación que, debido a la falta de educación, es asumida en silencio por la mayoría de argelinas.

jueves, 6 de junio de 2013

El papel de las mujeres: El criterio del Islam


 Por Seyyed Hossein Nasr / Islam Mdp

Uno de los mayores errores del mundo moderno es el esfuerzo que se hace en todas partes para destruir todas las diferencias cualitativas y reducir todas las cosas a un mínimo común denominador en nombre de la igualdad y la democracia. Ésta es una de las características más sobresalientes de la tendencia hacia el total imperio de la cantidad que aflige al mundo moderno. Este error se observa de forma especial en la cuestión de la relación entre los dos sexos y del papel de las mujeres en la sociedad.


 Se dice que la! mujeres deben ser iguales a los hombres. Tal afirmación sólo podría hacerla una mujer que hubiera dejado de estar orgullosa de ser mujer y no comprendiera plenamente todas las posibilidades inherentes al estado femenino. Al tener un sentimiento de inferioridad por lo que ella es, trata de convertirse en otro varón, de convertirse en algo en lo que nunca puede convertirse en realidad. Para una mujer, el intento de emular la condición masculina significa en el mejor de los casos convertirse en un hombre de segundo orden, lo mismo que te ocurriría a un hombre si tratara de emular el estado femenino.

En el islam, el papel de los hombres y las mujeres se ve como algo complementario más bien que competitivo. Ante Allâh, el hombre y la mujer son iguales. Tienen que realizar los mismos ritos islámicos y, ante Él, deben asumir la misma responsabilidad por sus actos. Por eso se puede decir que en su relación con la Realidad metacósmica son iguales. Pero en el nivel cósmico, que significa los niveles psicológico, biológico y social, sus papeles son complementarios. Del mismo modo que la procreación implica una unión biológica de los dos sexos, una unión que los comprende a ambos y en la que ellos participan de una manera armoniosa más bien que opuesta; una estructura social con sentido también debe basarse en la cooperación armoniosa de los dos sexos. 
El islam cree que en el orden social los deberes deben estar divididos de tal forma que los hombres puedan llevar a cabo lo que les permite realizar sus potencialidades corno hombres y, del mismo modo, las mujeres deben tener un papel en conformidad con el genio y la naturaleza de su sexo. Una sociedad en que la máquina aplasta la posibilidad misma del pleno desarrollo de la naturaleza humana, ya sea la masculina o la femenina, o en la que las presiones existentes son tales que los hombres se vuelven cada vez menos masculinos y viriles y las mujeres cada vez menos femeninas y receptivas, se encuentra en los antípodas del ideal social islámico.

Cuando los tipos masculino y femenino se confunden por el caos de un orden social en el que resulta poco menos que imposible que los hombres sigan siendo hombres y las mujeres, mujeres, las posibilidades de desarrollo espiritual se vuelven muy débiles, pues los hombres y las mujeres sólo se pueden acercar a lo Divino permaneciendo fieles a la forma en que el Creador los ha hecho y de acuerdo con su destino. Ahora bien, hay que recordar que los hombres y las mujeres no determinan su propio sexo. Su sexo, como su raza y su color, o su lugar y fecha de nacimiento, es determinado por Allâh, y los hombres y las mujeres no pueden rebelarse contra ello si quieren realizar la plenitud de posibilidades de su propia naturaleza. 

Una sociedad normal y sana, de lo que la sociedad islámica tradicional consti­tuye un excelente ejemplo, es aquella en que tanto a los hombres como a las mujeres se les da la posibilidad de desarrollar plenamente su naturaleza y contribuir a esa riqueza y diversidad que caracteriza a la creación y refleja la Unidad del Principio Divino. 

Ahora más que nunca, el deber de todos los que se preocupan por el «hombre» de una manera seria, del «hombre» en sus formas masculina y femenina, consiste en defender conscientemente los valores de las sociedades tradicionales, que están amenazados desde todas direcciones por los errores exhibidos en el mundo moderno con la forma de las «ideas actuales» y el «espíritu de los tiempos», y que pretenden hablar por el bien de la humanidad cuando en realidad no son más que un veneno que mata el espíritu tanto de los hombres como de las mujeres y los arrastra a un nivel infrahumano.

jueves, 28 de marzo de 2013

ISLAM: La leyenda del astrólogo árabe... parte 1




En tiempos de la antigüedad, hace cientos de años, vivió un rey moro, el llamado Aben Habuz, que tomó asiento en el trono de Granada. 
Llevó en sus días de juventud una existencia plena de aventuras y conquistas, y cuando se vio menoscabado de salud y en decadencia, no deseaba otra cosa sino vivir en paz con el mundo, para acariciar plácidamente los laureles que obtuvo en sus días de gloria y gozar así de las posesiones que supo conquistar a sus vecinos. 
Ocurrió, empero, que a tan débil y apacible anciano le salieron rivales jóvenes, príncipes vigorosos que ansiaban la guerra y la gloria, los cuales le pidieron cuentas sobre los saqueos y pillajes con que había sometido y castigado a sus padres. Se manifestaban en rebelión contra Aben Habuz, así, e intentaban invadir su capital y ciertas y prósperas comarcas del territorio de su reino, a las que el soberano trató antaño con mano férrea, cuando era joven y poderoso.

El caso fue que Aben Habuz tenía, en su vejez, enemigos por doquiera, en todas las lindes de su reino, y que esos enemigos eran fuertes entonces y estaban decididos a avasallarlo como fuera y sin piedad; y como Granada está rodeada de altas montañas que impiden observar los movimientos de una tropa que se acerque a la ciudad, el atribulado rey se vio obligado a sostener un incesante estado de alarma y vigilancia, no sabiendo de dónde podría llegarle el ataque que lo amenazaba. 
Fue en vano que erigiese atalayas en las alturas y que plantara centinelas en todos los accesos, con órdenes estrictas de encender hogueras de noche y de levantar durante el día humaredas apenas se aproximara al reino un grupo nutrido cualquiera, en actitud belicosa o no… Sus enemigos, también en alerta, burlaban tales precauciones y se mostraban dispuestos a cruzar el desfiladero menos conocido y más difícil de salvar, para arrasar así las tierras de Aben Habuz ante sus mismos ojos, tomarle muchos prisioneros y volver a las montañas con un botín extraordinario. ¿Hubo alguna vez alguien en situación más dramática entre todos los monarcas valetudinarios y pacíficos a la fuerza?

Aben Habuz, muy preocupado ante tales perspectivas, asaeteado de continuo por los disgustos y los sinsabores, acertó a llevar a su corte a un médico y astrólogo árabe, ya muy anciano; la barba, blanca como la nieve, le llegaba a la cintura; no se le podía calcular la edad, mas por su aspecto estaba claro que tenía muchísimos años; no obstante su ya larga existencia, había hecho a pie todo el camino desde Egipto, sin más ayuda que la de un báculo tallado en jeroglíficos. Tenía por nombre el de Ibrahim Ebn Abu Ayud y atesoraba gran fama, diciéndose de él que vivía desde los días del mismísimo Muhammad (BPD), hijo de Abu Ayub, el último de los fieles que siempre acompañaron al Profeta (BPD) . Ya en los días de su niñez, Ibrahim había seguido a los ejércitos de Amru que entraron en conquista en Egipto, donde se estableció para estudiar las ciencias ocultas, demonología, hechicería, y particularmente la magia, con los sacerdotes de los faraones. 
Se decía, sobre todo lo anterior, que había develado el secreto acerca de cómo prolongar la vida, con cuya virtud consiguió alargar la suya propia de tal manera que pasaba ya de los dos siglos, a pesar de que, según contaba él mismo, no había conseguido dar con aquel secreto hasta que la mucha carga de sus años le pesaba ya terriblemente, razón última de que lo único que consiguió hacer perenne en sí mismo fueran las arrugas y los blancos cabellos.

  
Hombre así de maravilloso fue recibido con la mayor solemnidad por el rey, quien, al igual que gran parte de los monarcas que alcanzaban la edad provecta, dispensaba un trato de favor muy especial a los médicos. Le ofreció aposentos en palacio, pero el médico y astrólogo prefirió habitar una cueva en la falda de la montaña que se alza soberbia sobre la ciudad de Granada, el mismo lugar donde más adelante sería erigida la Alhambra. 
Hizo que se ampliara la cueva hasta convertirla en una sala espaciosa y de techo alto, donde ordenó que abrieran un agujero circular, tan grande como la boca de un pozo, para poder ver a su través el firmamento y contemplar los astros incluso bajo el sol del mediodía. Escribió jeroglíficos egipcios en las paredes de la cueva, cubriéndolas, pues, de signos cabalísticos y de reproducciones de los planetas y de las estrellas en sus constelaciones completas. En una palabra, llamó a su lado a los artesanos granadinos más reputados, a los que dirigió en la construcción de útiles y de artefactos varios, cuyas propiedades secretas, sin embargo, a nadie reveló.

En muy poco tiempo pasó a convertirse el muy sabio Ibrahim en el consejero más querido por el rey, que le pedía opinión ante cualquier dificultad o duda que se le planteara. Clamaba un día Aben Habuz contra la injusta enemistad de sus jóvenes vecinos, y lamentaba verse obligado a mantener tan desasosegada vigilancia sobre su reino, cuando al acabar su exposición y cesar en sus lamentos, el astrólogo, tras guardar un largo silencio, dijo al fin: «Sabed, ¡oh!, rey, que hallándome en Egipto presencié una maravilla sublime, ideada por una sacerdotisa pagana de la antigüedad… En la cumbre de una montaña que se eleva sobre la ciudad de Borsa, y que mira al gran valle del Nilo, había una figura de morueco, y encima la de un gallo, ambas fundidas en bronce, que giraban sobre un eje… Cuando corría el país peligro de invasión, se volvía la figura del carnero hacia donde venía el enemigo y comenzaba a cantar el gallo… Los moradores de Borsa sabían así, no sólo del peligro, sino del lugar por donde se aproximaba la tropa, y podían prepararse para la defensa de su tierra con antelación suficiente».

 —¡Dios es grande! —exclamó el pacífico Aben Habuz—. ¡Qué preciado tesoro sería para mí poseer un morueco como ése, alerta sobre las montañas que rodean mi reino, y otro gallo igual que lanzara su canto ante la amenaza…! ¡Alá Akbar! ¡Cuán plácidamente podría dormir en mi palacio con esos centinelas!

jueves, 7 de marzo de 2013

Poco conocido: Cómo fumar con Shisha ó Hookah

Cómo fumar con Shisha ó Hookah

Las Shishas o Hookahs son estos artefactos de origen árabe que sirven para fumar tabacos de diferentes sabores

A continuación un video donde se explica como preparar una Shisha ó Hookah. 
link: http://www.youtube.com/watch?v=Y5eQ6SR0UT0

La Pipa Árabe












Una pipa de agua para fumar existe en varias culturas y varios países de Asia, África y América. Probablemente, el narguile actual es originario de India. Al principio los pelos de coco, el opio y hachís se fumaba en una base de coco. Más tarde, se extendió entre los iraníes y árabes, mientras empezaron utilizar la calabaza para la base.


La llegada del tabaco de América, y la popularidad evolucionó la pipa de agua. El cristal, la porcelana y el bronce fueron los materiales principales para la base. En el siglo XVI, cogió la forma actual en el Imperio Otomano y de ahí pasó a Europa.




El nombre narguile viene del persa. El “narguil” quiere decir el coco. Hoy día, en varios países se llama diferente, los árabes lo llaman “shisa” (botella), los iranies dicen “kalyan”. En algunas partes suelen llamar como “chachimba”. En Turquía solo se pronuncia narguile y en turco se escribe así; “nargile”.Narguile se forma de un recipiente en forma de una botella que contiene agua caliente. Este recipiente puede ser de diferentes materiales como cristal, cerámica ó metal. Sobre el recipiente se encuentra el tabaco poco húmedo, preparado especialmente para narguile y más arriba el carbón.



Cuando el aire se tira por el medio de un tubo que sale de la botella, el carbón quema el tabaco y el humo del tabaco pasando por dentro de la botella se lava en el agua caliente y llega a la boca.



El tabaco tömbeki se prepara reposando el tabaco durante casi medio día en un liquido especial. Antes de preparar, se escurre muy bien y las hojas del tabaco de tömbeki se envuelve con una hoja de tabaco más grande, también mojado. Tiene la forma de un puro. El carbón se pone sobre el tabaco directamente.

La forma de los tabacos aromáticos es distinto. El tabaco picado se pone dentro de cazoleta y se tapa con un papel de plata. Sobre esto, después de hacer varios agujeros finos con un palillo para que pase el aire se coloca el carbón.


Las partes del narguile son:






1. Lüle (La cacerola) : Donde pone el tabaco, y sobre el tabaco, el carbón que calienta

2. Ser (El cuerpo de metal): Conecta la cazoleta con el agua de la base.
3. Shishe (La base de cristal): La parte que se llena parcialmente con agua y miel u otras mezclas líquidas.
4. Marpuch (La manguera): Que es por donde se aspira para fumar.
5. Sipsi (La boquilla): La pieza que se engancha a la boquera de manguera. Es recomendable usar boquillas de usar y tirar de plástico y no compartir con otras personas.

lunes, 4 de marzo de 2013

Islam: “Bismillahi arrahman arrahim”


El poder de la básmala

Un pequeño cuento para concientizarse de bismillah

Érase una señora que siempre estaba diciendo la básmala: “Bismillahi arrahman arrahim” (en el nombre de Dios, el más Misericordioso, el Dispensador de Gracia) para toda acción que emprendía, si cogía una cuchara decía bismillahi arrahman arrahim, cuando daba vueltas con ella en la olla decía bismillahi arrahmani arrahim, y así con todo lo que hacía.

Su marido, que siempre la escuchaba, estaba ya muy cansado de esta frase que para ella era mágica y poderosa. Así que un día decidió poner en marcha un plan para que su mujer dejara de decir la fastidiosa frasecita que tanto le molestaba. Le dio una bolsa con dinero y le dijo que se la guardara hasta que él se la pidiera. La mujer abrió un cofre (básmala), la metió dentro (básmala) y cerró el cofre (básmala); el hombre la vigilaba, para saber donde la escondía. Así que un día muy sigilosamente fue al escondite, cogió la bolsa del dinero y la tiró al mar.

Al cabo de unos días, el hombre fue al mercado y compró un gran pescado. Se lo llevó a su mujer y le dijo que si lo podía preparar. La mujer lo cogió, lo abrió (siempre con mencionando la básmala por supuesto), y ¿qué es con lo que se encontró? Con el saquito de las monedas de su marido. Así que lo cogió con el bismillah y lo volvió a guardar en el cofrecillo.

Llegó su marido y le pidió el saquito de dinero, ella fue al cofre y se lo dio. Su marido se quedó atónito, sin qué hacer ni qué decir. Le preguntó el hombre : “¿cómo lo has conseguido? Y ella le respondíó que esto era gracias al poder del Bismillahi arrahman arrahim.
A partir de entonces, el hombre que siempre había estado muy rebelde con las creencias volvió a tomar el Islam.

Fuente: Recopilación de cuentos por Basira Morlans

domingo, 3 de marzo de 2013

An-Nahl (La abeja), aleya 78


Y Dios os ha hecho salir del interior de vuestras madres sin tener conocimiento de nada y os ha dado el oído, la vista y el intelecto, puede que, así, seáis agradecidos. 

Aporte de @lamismaroja


sábado, 2 de marzo de 2013

Almanzor, una leyenda árabe



Un Mercader de joyas que vivía en la ciudad de Adén, en el Oriente, habiendo oído celebrar mucho la esplendidez y magnificiencia de Muhammad, pasó a estas partes de Andalucía para presentarle muchas y preciosas perlas.

Abi Amir, después de tomar las que más le agradaron, dió en pago al joyero su bolsa de piel llena de oro, con la cuál se despidió aquél muy contento, tomando, al volverse, el camino de la Rambla o arenal en las riberas del Guadalquivir.

Era un día muy caluroso, de suerte que el mercader, llegando a la mitad de aquel camino, no pudo sufrir más el bochorno del sol y queriendo refrescarse en el río, se despojó de sus vestidos y los dejó con la bolsa en la orilla. Cuando de improvisto llegó un milano y creyendo que la bolsa de piel era carne, la apresó con sus garras y se remontó con ella por los aires hasta perderse de vista. El mercader viendo arrebatada su fortuna y no pudiendo estorbarlo, se afectó tanto que le sobrevino una congoja y se retiró a su posada muy abatido y doliente. Pensando en su infortunio, al cabo de dos o tres días, vínole a la memoria lo que había oído decir de la gran sagacidad de Muhammad, y volviendo a presentársele le contó lo ocurrido.

- ¿Por qué al punto que te sucedió el caso -le dijo Muhammad- no viniste a mí con la nueva y te hubiese dado remedio? Mas, ¿observaste por ventura hacia qué parte dirigió el ave su vuelo?

- Pasó -respondió el mercader- volando hacia el Oriente, sobre la cima de ese monte de la Rambla, inmediato a tu alcázar.

Entonces Muhammad llamó a los esclavos de la axxortha que asistían de continuo cerca de su persona, y les dijo:

- Traedme luego a los jeques y mayorales de la gente de la Rambla.

Marcharon los esclavos y como volviensen de allí a poco con los jeques, dijo e éstos Muhammad.

- Dadme noticias al punto de ciertas personas de vuetra vecindad que han salido de repente del estado de pobreza en que vivían.

Los ancianos se miraron confusos por algunos momentos y al fín uno de ellos respondió:

- Oh señor mío: sólo tenemos noticias de un varón de los más pobres de nuestra gente, pues él y sus hijos siempre vivieron del trabajo de sus manos y han ido a pie con sus cargas, por no poder adquirir un jumento; y hoy no sólo le han comprado, sino que él y sus hijos van vestidos con alquiceles de un precio mediano.

Oído esto por Muhammad, mandó que al otro día por la mañana, compareciese en su presencia aquél rústico y encargó al mercader de joyas que volviese a verlo a la misma hora.

Llegados, pues, el uno y el otro a la hora que se les mandó, el amirí dijo al rústico, estando presente el mercader:

-Sábete que yo he perdido lo que tú te has hallado, ¿qué has hecho de ello?

El rústico respondió:

viernes, 1 de marzo de 2013

ISLAM: La leyenda del astrólogo árabe... parte 2



 
—Escuchadme, señor —rogó el astrólogo al rey—. Os he procurado gloriosas victorias con mi talismán y no os he pedido más que cuanto me era necesario para poner mis conocimientos a disposición de este reino… Otorgadme como premio, pues, esta cautiva perdida para que su lira de plata me sirva de esparcimiento en mis soledades… Si en verdad se trata de una hechicera, poseo yo conjuros suficientes como para que sean vanos sus malignos esfuerzos.

—¿Quieres más mujeres? ¿Y cómo es eso? —se opuso el monarca, exaltado y casi fiero, a la petición del astrólogo—. ¿Acaso no tienes ya cuantas bailarinas deseas para recrear tus ojos y divertir tus descansos?

—Son bailarinas, señor, sólo bailarinas, como bien decís —dijo el astrólogo—; mas cantantes, ninguna… Y os aseguro que me placería mucho oír una dulce voz que con sus armoniosas canciones relevara mi ánimo del peso que tanto me agobia, el de las horas dedicadas al estudio y a la meditación.

—Mejor harás concediendo una tregua a tus insaciables peticiones de ermitaño solitario —le dijo el rey, inquieto y molesto—. Quiero para mí a esta doncella, en la que adivino placeres y alegrías, y tanto gozo y tamaño regalo como David, padre del sabio Salomón, encontró en la amistad de Abishag la Bienamada…

Siguió insistiendo en su ruego el astrólogo, alegando nuevas razones que no sirvieron más que para acrecentar el disgusto y la impaciencia del monarca. Al fin dejaron de hablar los dos ancianos, ambos con gesto agrio y ojos de furia. El astrólogo fue a encerrarse entonces a su cueva para estar a solas con la desilusión que le había causado la rotunda negativa de Aben Habuz. Mas no tardó mucho en romper su propósito; quiso dar nuevo aviso al rey y aconsejarle que observara cautela y vigilancia sobre tan peligrosa cautiva cristiana. Pero ¿acaso hay enamorado en la senectud que preste oídos a consejos, por sabios que sean? Aben Habuz ya no atendía sino al influjo de su pasión, ya no perseguía otro afán que hacerse grato a los ojos de la hermosa cristiana; quería compensar la juventud que no tenía con las riquezas y tesoros que poseía en abundancia; cuando un anciano se enamora resulta en verdad generoso… No hubo en todo el Zacatín de Granada ricas sedas con que no se cubriese la doncella, ni exquisitas esencias con las que no se perfumara, ni joyas valiosas, ni adornos de puro capricho, que el generoso monarca no pusiera, pródigo y presto, ante ella. Cuanto de mayor rareza y valor llegaba de Asia y de África, pronto lo tenía en sus manos la cristiana. Se crearon para ella, además, los más diversos espectáculos y diversiones, tales como torneos, sueltas de toros, canciones, bailes… Granada fue por aquellos días una ciudad en la que no cesaban las fiestas y la alegría. La princesa gótica todo lo vivía con el aire que es propio de quien tiene por costumbre las excelencias superlativas. Recibía todo cuanto en su honor se hacía como lo que era propio de su rango, y más aún de su hermosura, porque exige la belleza que se le rindan mayores tributos que los que se dan al rango…

Parecía además entregarse a un secreto placer excitando a Aben Hazub para que gastara enormes sumas de dinero, que iban agotando el caudal de su tesoro, para luego aceptar como la cosa más natural del mundo los costosos obsequios, los agasajos delirantes, sin concederles la mínima atención ni aprecio. Con tamaña munificencia, sin embargo, es lo cierto que el generoso monarca no podía jactarse aún de haber hecho cautivo el corazón de la cristiana; es cierto, empero, que jamás lo humilló ella con gesto alguno de desprecio, pero no es menos verdad que nunca le halagó siquiera con una sonrisa. Cada vez que el anciano rey le expresaba su pasión, comenzaba ella a tañer su lira de plata, de la que extraía tan encantadores como místicos arpegios; así se apoderaba del rey la indolencia y quedaba al punto adormilado para caer no mucho más tarde en un sueño profundo del que despertaba vigorizado aunque con la pasión antes encendida ahora esfumada… Sufría en su galanteo, pero en sus letargos gozaba de sueños deliciosos que le esclavizaban aún más los sentidos. Granada se burlaba de su ceguera y de su infatuada pretensión de amante, las gentes de su reino censuraban ya abiertamente aquella actitud por la que gastaba el oro para no obtener más que la música de la lira de plata de la cristiana.
   
Al final, un claro peligro acabó por amenazar la tranquilidad del monarca y la seguridad de su reino, un peligro del que no avisó el talismán de la glorieta. Estalló una insurrección en la capital del reino y una turba asedió en armas su palacio, amenazando su vida y la de la cautiva cristiana. Latió entonces el corazón de Aben Habuz con la fuerza del espíritu guerrero que lo guió en otros tiempos, se puso al frente de un grupo de fieles y leales, puso en fuga a la turba en armas que lo asediaba y no reparó en medios hasta aplastar contundentemente la insurrección. Restablecida la calma, llamó al astrólogo, que apuraba en su encierro el amargo cáliz del resentimiento… Aben Habuz, sin embargo, le habló en tono conciliador y amistoso:

—¡Oh, sabio hijo de Abu Ayub! Bien hiciste en predecirme los peligros que habría de acarrearme mi amor por la bella cautiva… Dime ahora, tú que tan certeramente adivinas las contrariedades que nos reserva el porvenir, dime qué he de hacer para evitarlas.

—Alejad de vuestro lado a esa infiel cautiva, que es la causa de todo lo malo que os acontece —respondió el astrólogo.

—¡Antes prefiero perder mi reino! —clamó soberbio el monarca.

—Estáis, señor, en situación de perder vuestro reino y a la cautiva —le dijo el sabio.

—No te muestres así de inflexible y colérico conmigo —rogó el rey al astrólogo—; tú, el más sabio de los filósofos, compadécete de mi doble angustia de rey y enamorado, y dispón, te lo ruego, los medios necesarios para preservarme de los males que me amenazan… No me importa la gloria, puedes creerlo, ni el poder; sólo anhelo un dulce reposo… ¡Cuánto me gustaría encontrar un asilo lejos del mundo, de sus pompas vanas, de sus honores, de los cuidados que hay que observar de continuo! ¡Cuánto me gustaría dedicar lo que me quede de vida al sosiego y al amor!

Le miró el astrólogo árabe con los ojos muy abiertos bajo sus pobladas cejas y le respondió así:

—¿Qué recibiré a cambio, si os doy ese retiro al que aspira vuestra majestad?

—Pide tú mismo la recompensa que consideres más justa; ten por seguro que, si está al alcance de mi mano y de mi poder, será tuyo lo que desees… Tenlo por tan cierto como que está viva mi alma.

—¿Conocéis, ¡oh, rey!, la historia del jardín de Irem, unos de los mayores portentos de la feliz Arabia? —preguntó el astrólogo al su rey.

—Algo sé de tan hermoso vergel; muchas de sus maravillas me han sido contadas por labios peregrinos al regresar de La Meca —respondió el rey—. Además El Corán le dedica páginas que titula «El amanecer»… Pero, debo confesártelo, siempre he tenido todo eso por fábulas imaginadas por gentes con una mente muy impresionable; fábulas, nada más, como son los cuentos con que intentan complacerme los viajeros que llegan a mi reino desde países remotos, y aun impresionarme con sus aventuras prodigiosas y con sus no menos coloristas descripciones de lugares que, empero, no aciertan a situar en este mundo…

—Jamás despreciéis, ¡oh, rey!, lo que os cuenten los viajeros, porque sus cuentos envuelven muy valiosos conocimientos revelados en los más recónditos confines de la tierra… Sabed que casi todo lo que vulgarmente se dice y se habla del palacio y del jardín de Irem es verdad… Yo he tenido el gozo de contemplarlo con mis propios ojos. Oíd mi aventura, pues, que en ella encontrará vuestra majestad algo que mucho tiene que ver con lo que me ha sido solicitado… Señor, en los días de mi juventud primera, cuando sólo era yo uno de los muchos árabes de los desiertos, me dedicaba a cuidar con esmero los camellos de mi padre. Una vez, mientras atravesaba el desierto de Ade, se descarrió uno de ellos y no lo encontré… Lo busqué en vano durante días y más días; al final, fatigado, sin fuerzas para seguir, me eché a reposar bajo una palmera, junto a un manantial, y me quedé dormido a la hora del meridiano. Cuando desperté me hallaba a las puertas de una ciudad; entré, recorrí sus calles, sus mercados y sus grandes plazas, pero a nadie encontré allí, todo estaba en completo silencio. Seguí mi vagabundeo por la ciudad, hasta que arribé a un palacio suntuoso que tenía el jardín adornado con fuentes y estanques magníficos; un jardín pleno de flores extraordinariamente hermosas y de árboles pródigos en fruta. Mas seguía sin ver a nadie. Angustiado por aquella soledad tan extraña, me apresté a abandonar el lugar; salía ya por las puertas de la ciudad cuando volví los ojos para verla por última vez… Mas la ciudad, señor, se había esfumado… No vieron mis ojos sino el desierto inabarcable, solitario y silencioso… Caminé un poco más, asombrado, y me crucé al fin con la única persona que veía en mucho tiempo, un viejo derviche que conocía bien las tradiciones y los secretos ocultos en aquellos extraños parajes. Naturalmente, y pues me hallaba grandemente impresionado, le conté cuanto acababa de sucederme.
   
-Éso que has visto —me dijo el derviche— es el tan renombrado jardín de Irem, una de las maravillas del desierto, pues sólo se aparece muy de tarde en tarde a algún vagabundo o a un viajero como tú, para hacer que goce con la contemplación de sus torres, de sus palacios, de sus jardines extraordinariamente hermosos, de sus árboles frutales tan ricos… Pero muy pronto se desvanece y no queda más que el desierto. Hace muchos años, cuando los aditas moraban en este país, el rey Sheddad, hijo de Ad y bisnieto de Noé, fundó aquí una ciudad llena de esplendores; una vez terminada su construcción, admirando que estaba el rey tanta maravilla, se le envaneció su corazón de por sí orgulloso, y así, engreído, decidió edificar un palacio rodeado de frondosos vergeles que rivalizaron, es verdad, con los que dice el Corán que hay en el Paraíso… Naturalmente, no tardó en caer sobre su obra la maldición de los cielos; Sheddad y todos sus súbditos fueron barridos de la faz de la tierra y su espléndida ciudad y sus jardines cayeron bajo un hechizo perpetuo, que los oculta a la vista de los humanos, salvo en contadas ocasiones como la que tú has tenido la suerte de gozar. Así castigó el cielo la soberbia de aquel rey.

Hizo una pausa el venerable Ibrahim en su relato, y siempre ceremonioso prosiguió: